Los animales en mi vida
Los animales han estado presentes en mi vida desde que tengo memoria. No recuerdo haber sentido nunca indiferencia hacia ellos. Siempre me han despertado curiosidad, respeto y una necesidad bastante difícil de explicar de observarlos, conocerlos y entenderlos.
De pequeño ya había algo que me llevaba inevitablemente hacia ellos. Cuando iba al centro comercial La Vaguada, en Madrid, podía pasarme horas delante de las tiendas de animales mirando los loros. Me quedaba observando especialmente a los yacos, aquellos grandes loros grises que entonces se vendían con una normalidad que hoy nos resultaría difícil de aceptar.
En aquella época muchos de aquellos animales procedían de capturas en la naturaleza. La conciencia sobre el bienestar, la conservación y la procedencia de los animales era muy diferente de la que tenemos hoy. Yo, por supuesto, era un niño y no tenía los conocimientos suficientes para entender todo aquello. Simplemente me fascinaban.
Podía pasar muchísimo tiempo mirándolos. Me llamaba la atención su inteligencia, la forma de observar a las personas, sus movimientos, sus sonidos y esa sensación de que detrás de aquellos ojos había algo más que un simple animal en una jaula.
Con los años aquella fascinación infantil se convirtió en una auténtica afición.
Internet tuvo mucho que ver en ello. Pasé horas y horas leyendo sobre loros, especialmente sobre los yacos. Uno de los lugares que recuerdo con especial cariño es Yacomanía, una web en la que durante mucho tiempo aprendí, participé, compartí información y fui profundizando cada vez más en el mundo de los psitácidos.
Aquello ya no era simplemente «me gustan los loros». Quería saber cómo eran, cómo se comportaban, qué necesitaban, cómo se comunicaban, qué diferencias había entre especies y, sobre todo, por qué hacían lo que hacían.
En el año 2000 llegó mi primer loro. Me lo regaló mi hermana Leticia. Aquel regalo supuso, en cierto modo, convertir en realidad una fascinación que llevaba conmigo desde niño. Con el paso del tiempo, aquel primer loro dio paso a otros y los loros fueron ocupando un lugar cada vez más importante en mi vida.
Después llegó un yaco y, a partir de ahí, fueron pasando diferentes loros por mi vida. Cada uno tenía su propia personalidad y su propia manera de relacionarse conmigo. Con los loros aprendí algo que después he vuelto a comprobar con todos los animales que han formado parte de mi vida: convivir con un animal significa aprender a conocer a un individuo, no simplemente a una especie.
Hoy convivo con tres loros: un yaco cola roja, un cola de vinagre y un loro de Meyer.
Cada uno es diferente. Y eso es precisamente lo que me interesa de ellos. No me gusta contemplarlos como animales exóticos que tengo en casa, sino como seres con comportamientos, preferencias, manías y formas distintas de comunicarse.
Los loros me han acompañado durante muchos años y siguen despertándome la misma curiosidad que aquellos yacos que observaba durante horas en La Vaguada cuando era pequeño. La diferencia es que ahora puedo entender muchas más cosas de lo que estoy viendo.
Cuando me casé con Alicia en 2008, los animales siguieron formando parte de nuestra vida. Llegaron las chinchillas y, poco después, otro de los grandes capítulos de mi relación con ellos: los perros.
Con los perros descubrí una forma completamente distinta de relacionarme con un animal.
Durante una época me metí bastante de lleno en el mundo de la cinofilia y empecé a acudir a exposiciones caninas. Me interesaba aprender sobre las razas, su morfología, su comportamiento y todo lo que rodeaba a ese mundo.
Aquella etapa también la compartí con Elvira. Las exposiciones no eran simplemente ir un día a un recinto con un perro y volver a casa. Había preparación, viajes, conversaciones, nervios, esperas y toda una vida alrededor de los perros que acababa formando parte de nuestro día a día.
Durante unos años las exposiciones formaron parte de nuestra vida. Guardo buenos recuerdos de aquella época, de los perros, de los viajes, de las personas que conocimos y de todo lo que aprendí.
Sin embargo, alrededor de 2011 o 2012 empecé a perder el interés.
La competición dejó de atraerme. También cambió mi manera de entender lo que quería de mis perros. El ambiente de las exposiciones y la propia dinámica competitiva dejaron de entusiasmarme y poco a poco fui alejándome de ese mundo.
Y, curiosamente, creo que fue entonces cuando empecé a disfrutar mucho más de ellos.
Ya no necesitaba que un perro destacase en un ring ni que alguien valorase si era mejor o peor que otro. Me interesaba mucho más lo que ocurría cuando cerrábamos la puerta de casa y nos íbamos al campo.
Hoy disfruto de mis perros de una manera mucho más sencilla y con una intensidad distinta.
Me gusta salir con ellos, correr, caminar, llevarlos al campo y ver cómo disfrutan. Me gusta observar sus diferentes personalidades, sus ocurrencias, sus juegos y también sus pequeñas manías. Cada uno tiene su forma de ser y, después de convivir tantos años con ellos, acabas conociendo hasta sus gestos más pequeños.
Para mí, un perro no es simplemente un animal que vive en casa. Forma parte de la familia y de la vida cotidiana.
Y quizá esa sea la diferencia más importante entre aquella época de las exposiciones y la de ahora. Antes había una parte importante relacionada con la competición, la raza, la morfología y la valoración externa. Hoy me interesa muchísimo más el propio animal.
Prefiero un día en el campo, con los perros corriendo alrededor, que muchas horas dentro de un pabellón.
Con los años también he ido cambiando mi manera de entender la relación con los animales. Durante mucho tiempo fueron una afición, una pasión y una parte importante de mi vida, pero también he aprendido que pueden llegar a ocupar un lugar mucho más profundo.
Sandra tuvo mucho que ver con esa forma de verlos.
A través de ella aprendí a mirar a los animales de una manera diferente. A entender que no son simplemente animales que viven contigo, ni algo que tienes en casa porque te gustan. Son parte de la familia.
Puede parecer una diferencia pequeña, pero para mí no lo es.
Empecé a fijarme mucho más en el vínculo que se crea con ellos, en su personalidad, en sus necesidades y en todo aquello que hace que cada animal sea único. En entender que se les echa de menos, que nos preocupamos por ellos cuando están mal, que nos alegramos cuando están bien y que terminan ocupando un espacio emocional propio dentro de una familia.
Quizá por eso hoy me resulta difícil hablar de mis animales como «mascotas».
Son miembros de nuestra familia.
Y esa forma de entenderlos ha cambiado también mi manera de disfrutar de ellos. Ya no me interesa tanto tener un animal determinado por lo que representa o por sus características. Me interesa quién es ese animal, cómo es su carácter, qué relación tiene conmigo y qué lugar ocupa en nuestra vida.
Es algo que veo especialmente claro con mis perros y con mis loros.
Uno puede saber perfectamente que un perro es un perro o que un loro es un loro, pero después de años conviviendo con ellos dejan de ser simplemente eso. Tienen nombre, tienen carácter, tienen sus costumbres y forman parte de nuestros recuerdos.
Y cuando un animal llega a ese punto, ya no es fácil separar dónde termina la convivencia y dónde empieza la familia.
Los gatos también han formado parte de nuestra historia. He convivido con persas, exóticos y también con gatos que llegaron de otra manera a nuestra vida. Algunos fueron animales buscados y otros simplemente aparecieron y terminaron encontrando un lugar en casa.
Eso también dice bastante de nuestra relación con los animales.
Nunca he entendido demasiado bien esa separación entre «animal de raza» y «animal sin raza» cuando hablamos de cariño o de convivencia. Puedo disfrutar de las características de una raza concreta y al mismo tiempo sentir exactamente el mismo vínculo con un animal que simplemente apareció un día en nuestras vidas.
Al final, cuando convives con ellos, dejan de ser una raza, una especie o una procedencia.
Son ellos.
A lo largo de los años han pasado por mi vida animales muy diferentes. Loros, chinchillas, perros, gatos y otros animales que han ido formando parte de nuestra familia.
Y aunque pueda parecer que no tienen demasiado que ver unos con otros, para mí existe un hilo común.
Siempre termino haciendo lo mismo: observarlos.
Me interesa cómo se comportan, cómo aprenden, cómo se relacionan entre ellos y con nosotros, cómo expresan lo que quieren y cómo van desarrollando su propia personalidad.
Supongo que tiene bastante que ver con mi manera de ser. Cuando algo me interesa, me cuesta quedarme en la superficie. No me basta con saber que un loro es inteligente o que un perro tiene determinado comportamiento. Quiero saber por qué. Quiero observarlo, buscar información, comparar, experimentar y entenderlo.
Por eso los animales han terminado siendo también una forma de aprendizaje.
Los loros me llevaron durante años a leer, investigar y participar en comunidades de aficionados. Los perros me acercaron al mundo de las razas y la cinofilia y, con el tiempo, me hicieron descubrir que disfrutaba mucho más de la convivencia que de la competición.
Y mi familia ha estado ahí durante todo ese camino, compartiendo de una manera u otra esa convivencia con animales.
Algunos llegaron por decisión mía. Otros llegaron como regalos. Otros simplemente aparecieron en nuestras vidas. Algunos llevan muchos años con nosotros y otros forman parte ya de nuestros recuerdos.
Entre todos han ido construyendo una parte de nuestra historia familiar.
Hoy veo a mis animales de otra manera.
Ya no busco tanto lo extraordinario. Me gustan las cosas pequeñas: un loro que hace algo inesperado, un perro que viene a buscarte, una carrera por el campo, una mirada, una manía que reconoces inmediatamente porque llevas años conviviendo con ella.
Quizá por eso siguen estando tan presentes en mi vida.
Porque los animales nunca han sido para mí simplemente una afición. Han sido compañeros de vida, una fuente constante de curiosidad y, muchas veces, una manera de desconectar del resto del mundo.
Y también son parte de la historia de mi familia.
Cuando pienso en ellos, inevitablemente aparecen recuerdos de distintas épocas: mi infancia mirando yacos en La Vaguada, aquellos años de Yacomanía, el regalo de mi hermana Leticia en el año 2000, mi boda con Alicia, las primeras chinchillas, los años de exposiciones caninas, los viajes, Elvira, los perros, los gatos, Sandra y todos los animales que han ido pasando por nuestra vida.
Y sigo teniendo aquella misma sensación que tenía de niño delante de aquellos yacos de La Vaguada: puedo quedarme mirando a un animal durante muchísimo tiempo sin aburrirme.
La diferencia es que ahora, después de tantos años, ya no estoy mirando desde fuera.
Ahora forman parte de mi vida.
