Nombre del autor:Sergio de la Calle Llorente

Esposa, madre, hija, hermana, cuñada, tía, sobrina, prima, nieta, nuera, amiga… mi hermana Leticia era muchas cosas, pero, sobre todo, era buena persona: se desvivía por los demás. Como hermana mía que era, y como buenos hermanos, hemos jugado, discutido, peleado, perdonado… y vuelta a empezar (hasta el final).


Pero, como dijo ayer Pablo en tu funeral, no voy a hablar de ti en pasado; voy a hablar de ti y contigo en presente, porque tú eres mi hermana, y sin ti, como dice la carta a los Corintios de San Pablo que leí el día de tu boda, nada soy. Esta carta creo que tú también la leíste en mi boda, o quizás fue Jaime, y aunque sea algo que se lee en las bodas, habla del amor. ¿Hay algún amor más puro que el que hay entre hermanos?


Fíjate si para mí eres importante, que, aun sin ser zurdo, escribo con la izquierda porque tú eras zurda y me fijaba en ti cuando “aprendí” a escribir (digo aprendí porque tú sabes que escribo fatal).
Tengo mil recuerdos de ti, que quizás se me mezclen, y seguro que olvidaré otros miles.
Recuerdo cuando en el colegio le partiste la cara a uno de mi clase —ahora somos amigos en Instagram— porque me había pegado o se había metido conmigo. También recuerdo mil historias: cuando, un 2 de junio de hace 33 años, uno llamó al telefonillo, preguntó por ti, bajaste y, desde entonces, nunca te has vuelto a separar de él.


Recuerdo a Mercedes, Mariángeles, Amelia, Isabel, Alicia, Noemí, Lorena, Chini, Fran, Quillo, Castillo, Samuel, Natalia, Carrascosa… y muchos compañeros más de tu clase del Colegio San José.
Recuerdo el día de tu comunión y que, dos días después, nació Inés; que, cuando volvíamos, se nos rompió el Cuatro Latas, y que yo fui con papá a un desguace que se llamaba Gildo, y que luego a papá le llegó una multa de tráfico de ese coche porque le habían puesto un motor de un Renault 8 y estaban circulando con el.


Recuerdo cuándo salíamos con los de tu universidad y yo me apuntaba, y tú nunca me decías que no: con Ana Cristina, Rosa, Penélope, Nerea, Isabel, Fernando… Íbamos a Trafalgar, a La Capital, por Alonso Martínez y que un día nos vinieron a buscar papá y mamá en el coche porque llovía y vimos a Santiago Segura con una bolsa en la cabeza, para no mojarse la calva.


El buen recuerdo que de ti tenían todos los profesores del colegio, y que, cuando yo llegaba, me lo hacía todo más fácil y, a la vez, más difícil, pues yo no era Leticia y era “ligeramente” más vago que tú.
Recuerdo lo que te gustaba disfrazarte y lo que yo lo odiaba (nunca lo dije). Y recuerdo un día de carnaval que nevaba, y tú y yo nos enfadamos con papá porque no íbamos el fin de semana a Segovia.

Me acuerdo de muchas cosas de casa de los abuelos: tanto de casa de los abuelos Goyos (Goyo y Goya) como de los abuelos Andreses (Andrés y Charito), como decíamos tú y yo, antes de convertirse en la casa de la abuela Charito.


Me acuerdo de que siempre presumíamos de que teníamos a los cuatro abuelos, pues a nosotros nos parecía que los padres de los otros niños eran de la edad

A todos los niños les gusta la magia, pero pocos 4enen la suerte de tener a un mago real en casa, sin trucos, sin trampa ni cartón, como se suele decir.


Cuando era niño, tuve la suerte de criarme con un mago de verdad, alguien que hacía
magia de la buena.


Sentado en su silla, hacía magia hablando con lugares lejanos del mundo, se oía a gente
que parecían extraterrestres y que hablaban en idiomas raros. O se oían pi4dos que este mago me decía que eran letras y el hacía otros pi4dos con un aparato al que daba golpes con los dedos y me decía que al que oíamos por ese aparato verde ere otro señor en tal o cual lugar del mundo.


Luego hacía otra magia increíble, en mi habitación, ponía una tabla llena de recipientes y hacía aparecer en un papel en blanco imágenes de la nada, esta magia es lo más increíble que he visto en mi vida, magia de verdad, sin trucos, magia hecha por un mago, ver como aparecía esa imagen lentamente era fantástico.


Hoy quiero ser yo mago, e intento aprender los trucos que el hacía, hacer aparecer imágenes de la nada…. CREAR RECUERDOS, e intento aprender pitidos (MORSE) para poder comunicarme con aquellos extraterrestres al otro lado del mundo, o hablar yo con uno o dos lugares lejanos de vez en cuando.


Este mago, de mi infancia, perdió su chispa hace un tiempo y en los ulitmos días de su vida ya no se acuerdaba de quien fue, creo que nunca supo, ciertamente, lo mucho que yo admiraba admiraba sus trucos, pero yo me acuerdo de su magia y me acuerdo de lo que era capaz de hacer.
Ojalá esta magia llegue a mis hijos como a mi me llegó la magia de este mago, mi padre

Los animales en mi vida

Los animales han estado presentes en mi vida desde que tengo memoria. No recuerdo haber sentido nunca indiferencia hacia ellos. Siempre me han despertado curiosidad, respeto y una necesidad bastante difícil de explicar de observarlos, conocerlos y entenderlos.

De pequeño ya había algo que me llevaba inevitablemente hacia ellos. Cuando iba al centro comercial La Vaguada, en Madrid, podía pasarme horas delante de las tiendas de animales mirando los loros. Me quedaba observando especialmente a los yacos, aquellos grandes loros grises que entonces se vendían con una normalidad que hoy nos resultaría difícil de aceptar.

En aquella época muchos de aquellos animales procedían de capturas en la naturaleza. La conciencia sobre el bienestar, la conservación y la procedencia de los animales era muy diferente de la que tenemos hoy. Yo, por supuesto, era un niño y no tenía los conocimientos suficientes para entender todo aquello. Simplemente me fascinaban.

Podía pasar muchísimo tiempo mirándolos. Me llamaba la atención su inteligencia, la forma de observar a las personas, sus movimientos, sus sonidos y esa sensación de que detrás de aquellos ojos había algo más que un simple animal en una jaula.

Con los años aquella fascinación infantil se convirtió en una auténtica afición.

Internet tuvo mucho que ver en ello. Pasé horas y horas leyendo sobre loros, especialmente sobre los yacos. Uno de los lugares que recuerdo con especial cariño es Yacomanía, una web en la que durante mucho tiempo aprendí, participé, compartí información y fui profundizando cada vez más en el mundo de los psitácidos.

Aquello ya no era simplemente «me gustan los loros». Quería saber cómo eran, cómo se comportaban, qué necesitaban, cómo se comunicaban, qué diferencias había entre especies y, sobre todo, por qué hacían lo que hacían.

En el año 2000 llegó mi primer loro. Me lo regaló mi hermana Leticia. Aquel regalo supuso, en cierto modo, convertir en realidad una fascinación que llevaba conmigo desde niño. Con el paso del tiempo, aquel primer loro dio paso a otros y los loros fueron ocupando un lugar cada vez más importante en mi vida.

Después llegó un yaco y, a partir de ahí, fueron pasando diferentes loros por mi vida. Cada uno tenía su propia personalidad y su propia manera de relacionarse conmigo. Con los loros aprendí algo que después he vuelto a comprobar con todos los animales que han formado parte de mi vida: convivir con un animal significa aprender a conocer a un individuo, no simplemente a una especie.

Hoy convivo con tres loros: un yaco cola roja, un cola de vinagre y un loro de Meyer.

Cada uno es diferente. Y eso es precisamente lo que me interesa de ellos. No me gusta contemplarlos como animales exóticos que tengo en casa, sino como seres con comportamientos, preferencias, manías y formas distintas de comunicarse.

Los loros me han acompañado durante muchos años y siguen despertándome la misma curiosidad que aquellos yacos que observaba durante horas en La Vaguada cuando era pequeño. La diferencia es que ahora puedo entender muchas más cosas de lo que estoy viendo.

Cuando me casé con Alicia en 2008, los animales siguieron formando parte de nuestra vida. Llegaron las chinchillas y, poco después, otro de los grandes capítulos de mi relación con ellos: los perros.

Con los perros descubrí una forma completamente distinta de relacionarme con un animal.

Durante una época me metí bastante de lleno en el mundo de la cinofilia y empecé a acudir a exposiciones caninas. Me interesaba aprender sobre las razas, su morfología, su comportamiento y todo lo que rodeaba a ese mundo.

Aquella etapa también la compartí con Elvira. Las exposiciones no eran simplemente ir un día a un recinto con un perro y volver a casa. Había preparación, viajes, conversaciones, nervios, esperas y toda una vida alrededor de los perros que acababa formando parte de nuestro día a día.

Durante unos años las exposiciones formaron parte de nuestra vida. Guardo buenos recuerdos de aquella época, de los perros, de los viajes, de las personas que conocimos y de todo lo que aprendí.

Sin embargo, alrededor de 2011 o 2012 empecé a perder el interés.

La competición dejó de atraerme. También cambió mi manera de entender lo que quería de mis perros. El ambiente de las exposiciones y la propia dinámica competitiva dejaron de entusiasmarme y poco a poco fui alejándome de ese mundo.

Y, curiosamente, creo que fue entonces cuando empecé a disfrutar mucho más de ellos.

Ya no necesitaba que un perro destacase en un ring ni que alguien valorase si era mejor o peor que otro. Me interesaba mucho más lo que ocurría cuando cerrábamos la puerta de casa y nos íbamos al campo.

Hoy disfruto de mis perros de una manera mucho más sencilla y con una intensidad distinta.

Me gusta salir con ellos, correr, caminar, llevarlos al campo y ver cómo disfrutan. Me gusta observar sus diferentes personalidades, sus ocurrencias, sus juegos y también sus pequeñas manías. Cada uno tiene su forma de ser y, después de convivir tantos años con ellos, acabas conociendo hasta sus gestos más pequeños.

Para mí, un perro no es simplemente un animal que vive en casa. Forma parte de la familia y de la vida cotidiana.

Y quizá esa sea la diferencia más importante entre aquella época de las exposiciones y la de ahora. Antes había una parte importante relacionada con la competición, la raza, la morfología y la valoración externa. Hoy me interesa muchísimo más el propio animal.

Prefiero un día en el campo, con los perros corriendo alrededor, que muchas horas dentro de un pabellón.

Con los años también he ido cambiando mi manera de entender la relación con los animales. Durante mucho tiempo fueron una afición, una pasión y una parte importante de mi vida, pero también he aprendido que pueden llegar a ocupar un lugar mucho más profundo.

Sandra tuvo mucho que ver con esa forma de verlos.

A través de ella aprendí a mirar a los animales de una manera diferente. A entender que no son simplemente animales que viven contigo, ni algo que tienes en casa porque te gustan. Son parte de la familia.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero para mí no lo es.

Empecé a fijarme mucho más en el vínculo que se crea con ellos, en su personalidad, en sus necesidades y en todo aquello que hace que cada animal sea único. En entender que se les echa de menos, que nos preocupamos por ellos cuando están mal, que nos alegramos cuando están bien y que terminan ocupando un espacio emocional propio dentro de una familia.

Quizá por eso hoy me resulta difícil hablar de mis animales como «mascotas».

Son miembros de nuestra familia.

Y esa forma de entenderlos ha cambiado también mi manera de disfrutar de ellos. Ya no me interesa tanto tener un animal determinado por lo que representa o por sus características. Me interesa quién es ese animal, cómo es su carácter, qué relación tiene conmigo y qué lugar ocupa en nuestra vida.

Es algo que veo especialmente claro con mis perros y con mis loros.

Uno puede saber perfectamente que un perro es un perro o que un loro es un loro, pero después de años conviviendo con ellos dejan de ser simplemente eso. Tienen nombre, tienen carácter, tienen sus costumbres y forman parte de nuestros recuerdos.

Y cuando un animal llega a ese punto, ya no es fácil separar dónde termina la convivencia y dónde empieza la familia.

Los gatos también han formado parte de nuestra historia. He convivido con persas, exóticos y también con gatos que llegaron de otra manera a nuestra vida. Algunos fueron animales buscados y otros simplemente aparecieron y terminaron encontrando un lugar en casa.

Eso también dice bastante de nuestra relación con los animales.

Nunca he entendido demasiado bien esa separación entre «animal de raza» y «animal sin raza» cuando hablamos de cariño o de convivencia. Puedo disfrutar de las características de una raza concreta y al mismo tiempo sentir exactamente el mismo vínculo con un animal que simplemente apareció un día en nuestras vidas.

Al final, cuando convives con ellos, dejan de ser una raza, una especie o una procedencia.

Son ellos.

A lo largo de los años han pasado por mi vida animales muy diferentes. Loros, chinchillas, perros, gatos y otros animales que han ido formando parte de nuestra familia.

Y aunque pueda parecer que no tienen demasiado que ver unos con otros, para mí existe un hilo común.

Siempre termino haciendo lo mismo: observarlos.

Me interesa cómo se comportan, cómo aprenden, cómo se relacionan entre ellos y con nosotros, cómo expresan lo que quieren y cómo van desarrollando su propia personalidad.

Supongo que tiene bastante que ver con mi manera de ser. Cuando algo me interesa, me cuesta quedarme en la superficie. No me basta con saber que un loro es inteligente o que un perro tiene determinado comportamiento. Quiero saber por qué. Quiero observarlo, buscar información, comparar, experimentar y entenderlo.

Por eso los animales han terminado siendo también una forma de aprendizaje.

Los loros me llevaron durante años a leer, investigar y participar en comunidades de aficionados. Los perros me acercaron al mundo de las razas y la cinofilia y, con el tiempo, me hicieron descubrir que disfrutaba mucho más de la convivencia que de la competición.

Y mi familia ha estado ahí durante todo ese camino, compartiendo de una manera u otra esa convivencia con animales.

Algunos llegaron por decisión mía. Otros llegaron como regalos. Otros simplemente aparecieron en nuestras vidas. Algunos llevan muchos años con nosotros y otros forman parte ya de nuestros recuerdos.

Entre todos han ido construyendo una parte de nuestra historia familiar.

Hoy veo a mis animales de otra manera.

Ya no busco tanto lo extraordinario. Me gustan las cosas pequeñas: un loro que hace algo inesperado, un perro que viene a buscarte, una carrera por el campo, una mirada, una manía que reconoces inmediatamente porque llevas años conviviendo con ella.

Quizá por eso siguen estando tan presentes en mi vida.

Porque los animales nunca han sido para mí simplemente una afición. Han sido compañeros de vida, una fuente constante de curiosidad y, muchas veces, una manera de desconectar del resto del mundo.

Y también son parte de la historia de mi familia.

Cuando pienso en ellos, inevitablemente aparecen recuerdos de distintas épocas: mi infancia mirando yacos en La Vaguada, aquellos años de Yacomanía, el regalo de mi hermana Leticia en el año 2000, mi boda con Alicia, las primeras chinchillas, los años de exposiciones caninas, los viajes, Elvira, los perros, los gatos, Sandra y todos los animales que han ido pasando por nuestra vida.

Y sigo teniendo aquella misma sensación que tenía de niño delante de aquellos yacos de La Vaguada: puedo quedarme mirando a un animal durante muchísimo tiempo sin aburrirme.

La diferencia es que ahora, después de tantos años, ya no estoy mirando desde fuera.

Ahora forman parte de mi vida.

Soy Sergio de la Calle Llorente

Maestro de profesión, curioso por naturaleza y bastante difícil de encasillar.

Siempre he tenido la necesidad de aprender, probar, descubrir cosas nuevas y, sobre todo, entender cómo funcionan las cosas. Mi cabeza rara vez se queda quieta. Cuando algo despierta mi interés, necesito investigar, experimentar y llegar un poco más allá.

Con el tiempo también he entendido mejor mi propia manera de funcionar. Formo parte de ese pequeño grupo de personas con una triple excepcionalidad: TEA, TDAH y altas capacidades. No es algo que quiera que me defina, pero sí explica algunas de mis peculiaridades: la necesidad de comprender, la curiosidad constante, la facilidad para perderme durante horas en algo que me interesa y esa curiosa combinación entre tener muchas ideas y necesitar encontrar la manera de ordenarlas.

Y quizá por eso he terminado acumulando intereses bastante diferentes.

La radioafición ocupa un lugar especial. Mi indicativo es EA1ZJ y la radio es para mí mucho más que hablar con alguien que está al otro lado: es técnica, experimentación, paciencia y aprendizaje.

La fotografía es otra forma de mirar. Me gusta aprender, experimentar y buscar nuevas maneras de contar algo a través de una imagen.

El ciclismo me aporta algo diferente: kilómetros, esfuerzo y esa sensación de avanzar, incluso cuando el camino se pone cuesta arriba.

También están los animales, que forman una parte importante de mi vida, y la tecnología, la impresión 3D y todos esos pequeños proyectos que aparecen constantemente y que hacen bastante difícil que esté mucho tiempo sin tener algo entre manos.

Entre todo esto también están las personas que van apareciendo por el camino. Algunas forman parte de una etapa, otras permanecen durante más tiempo y otras se quedan en mi corazón para siempre. Cada una deja, de una manera u otra, algo en nuestra historia.

No sigo necesariamente una línea recta. Mi curiosidad me lleva de un sitio a otro y, muchas veces, una afición termina llevándome a otra completamente distinta.

Esta página nace precisamente de ahí: de juntar algunas de las cosas que me interesan, los proyectos en los que ando metido, lo que voy aprendiendo y, de vez en cuando, alguna de esas ideas que empiezan como una simple curiosidad y terminan ocupando bastante más tiempo del previsto.

No pretendo tener respuestas para todo.

Simplemente, me gusta aprender, experimentar, disfrutar de lo que hago y seguir descubriendo cosas nuevas.

Scroll al inicio