Leticia
Esposa, madre, hija, hermana, cuñada, tía, sobrina, prima, nieta, nuera, amiga… mi hermana Leticia era muchas cosas, pero, sobre todo, era buena persona: se desvivía por los demás. Como hermana mía que era, y como buenos hermanos, hemos jugado, discutido, peleado, perdonado… y vuelta a empezar (hasta el final).
Pero, como dijo ayer Pablo en tu funeral, no voy a hablar de ti en pasado; voy a hablar de ti y contigo en presente, porque tú eres mi hermana, y sin ti, como dice la carta a los Corintios de San Pablo que leí el día de tu boda, nada soy. Esta carta creo que tú también la leíste en mi boda, o quizás fue Jaime, y aunque sea algo que se lee en las bodas, habla del amor. ¿Hay algún amor más puro que el que hay entre hermanos?
Fíjate si para mí eres importante, que, aun sin ser zurdo, escribo con la izquierda porque tú eras zurda y me fijaba en ti cuando “aprendí” a escribir (digo aprendí porque tú sabes que escribo fatal).
Tengo mil recuerdos de ti, que quizás se me mezclen, y seguro que olvidaré otros miles.
Recuerdo cuando en el colegio le partiste la cara a uno de mi clase —ahora somos amigos en Instagram— porque me había pegado o se había metido conmigo. También recuerdo mil historias: cuando, un 2 de junio de hace 33 años, uno llamó al telefonillo, preguntó por ti, bajaste y, desde entonces, nunca te has vuelto a separar de él.
Recuerdo a Mercedes, Mariángeles, Amelia, Isabel, Alicia, Noemí, Lorena, Chini, Fran, Quillo, Castillo, Samuel, Natalia, Carrascosa… y muchos compañeros más de tu clase del Colegio San José.
Recuerdo el día de tu comunión y que, dos días después, nació Inés; que, cuando volvíamos, se nos rompió el Cuatro Latas, y que yo fui con papá a un desguace que se llamaba Gildo, y que luego a papá le llegó una multa de tráfico de ese coche porque le habían puesto un motor de un Renault 8 y estaban circulando con el.
Recuerdo cuándo salíamos con los de tu universidad y yo me apuntaba, y tú nunca me decías que no: con Ana Cristina, Rosa, Penélope, Nerea, Isabel, Fernando… Íbamos a Trafalgar, a La Capital, por Alonso Martínez y que un día nos vinieron a buscar papá y mamá en el coche porque llovía y vimos a Santiago Segura con una bolsa en la cabeza, para no mojarse la calva.
El buen recuerdo que de ti tenían todos los profesores del colegio, y que, cuando yo llegaba, me lo hacía todo más fácil y, a la vez, más difícil, pues yo no era Leticia y era “ligeramente” más vago que tú.
Recuerdo lo que te gustaba disfrazarte y lo que yo lo odiaba (nunca lo dije). Y recuerdo un día de carnaval que nevaba, y tú y yo nos enfadamos con papá porque no íbamos el fin de semana a Segovia.
Me acuerdo de muchas cosas de casa de los abuelos: tanto de casa de los abuelos Goyos (Goyo y Goya) como de los abuelos Andreses (Andrés y Charito), como decíamos tú y yo, antes de convertirse en la casa de la abuela Charito.
Me acuerdo de que siempre presumíamos de que teníamos a los cuatro abuelos, pues a nosotros nos parecía que los padres de los otros niños eran de la edad
